Ayer leí algo sobre que la escritura es una herramienta para
ayudar a la memoria humana. Claro, automáticamente me acordé de la libretita en
donde cada noche anoto las tareas que debo realizar al día siguiente. Pero también
pensé en las grandes ideas que se les habrán ocurrido a las grandes personas
que pisaron este mundo, y que habrán sido más importantes que “lavandería” o “leche,
queso untable, papel higiénico”. Me imaginé a Marx con una libretita así como
la mía en el bolsillo para anotar todas esas ideas super enroscadas, y pensé
que no le darían las manos para escribir…o este otro muchacho, el que inventó
la lamparita eléctrica (su nombre no me viene a la mente en este momento)
¿Einstein? Y ratifico mi idea. Necesito una libretita para anotar ciertas
cosas. En fin.
Como
generalmente suele pasar, mi pensamiento se divaga – como las ramitas de mi
enredadera- hacia los lugares más impensados. En este caso no tanto, debo admitir, porque me
puse a pensar en los libros digitales. O mejor dicho en esta era nuestra “de la
comunicación” donde tanto nos cuesta abrir un libro (ni voy a hablar de un
diccionario) y recurrimos siempre al amigo “Google” que tiene todas las
respuestas que podemos necesitar. Y si no las tiene, te deriva directamente a
quien las tiene. Como una gran agenda mundial, que no solo te pasa la dirección
de la persona que te puede ayudar, sino que se toma la molestia de dejarte en
la puerta. ¡Lo que se dice un amigo!
Y me
asalta una preocupación. Generalmente me asalta una preocupación a mí, cuando
algo es demasiado bueno para ser real.
Me preocupo por los libros.
Esos viejos amigotes que, como
solía decir mi abuela, siempre te esperan en el mismo sitio. (Salvo que a tu
vieja se le dé por hacer una limpieza general de esas en las algo siempre se
traspapela y nunca lo volvés a encontrar)
Los libros, siempre dispuestos a entretenerte y de los que solo te acordás en
los días de lluvia, cuando estas enfermo o cuando nadie te pasa a buscar.
Debo confesar que me alegro cada
vez que veo a una persona sentada en el parque sonriendo de vez en cuando con
la mirada fija en unas páginas amarillas. Y por más que suene algo “nerd” en
esta cibercultura en la que vivimos, me confieso fanática de los libros.
Aplaudo a los genios que se
sientan horas a revolver sus ideas, que luchan con Dios y medio mundo para
poder publicarlas, que respiran hondo cada vez que alguien les dice: “¿Y de qué
trabajas?” Porque en esta sociedad de libros virtuales y citas online pareciera
que no hay lugar para quienes quieren inventar paisajes en nuestra imaginación,
colocándoles, como por arte de magia, un personaje o dos, dándoles vida, aunque
más no sea un rato cada día.
Yo los reivindico muchachos, a
ustedes y a los libros que crean. Tal vez un día tenga el coraje de unírmeles.

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